sábado 19 de abril de 2008

Quién se ha llevado mi queso
Hace tiempo que leí aquel sugerente libro conocido con el tétulode "Quién se ha llevado mi queso". Hace unos días dí con este archivo en dibujos animados que consigue reflejar , bastante bien, el contenido del libro, espero que os guste:




video

martes 4 de marzo de 2008

Acabo de encontrar una fotocopia que me ha parecido interesante, para los temas de este blog, y aquí os lo transcribo, espero que os guste, pero sobre todo que os sirva de estímulo:
CUARENTA AÑOS DESPUÉS

APRENDIENDO A QUERERSE UN POCO MÁS

Cualquier teoría que no pueda llevarse a la práctica me interesa poco, porque puede reducirse a hacer juegos malabares con las ideas. Hoy traigo un testimonio vivo, en el que aparece un dato esencial al que responde todo el argumento de esta historia: los dos cónyuges son creyentes. Se esfuerzan porque su fe empape todos los acontecimientos de su vida y, por lo tanto, se encuentra presente en su matrimonio, como origen y fin de su propio amor conyugal

AL ENCUENTRO DEL HOMBRE

Vamos a los hechos que tie­nen todo el rango de noticia. Algunos pueden pensar que es insólito, sin embargo pienso que es más frecuente que lo que nos imaginamos.
Hace unos días me invitó un matrimonio a una fiesta porque su mujer celebraba su sesenta cumpleaños. Asistían más de treinta personas que formaban su círculo más próximo de amistades.
La noche resultó animadísima pues muchos de los invitados hicieron sus "gracias" que, aun­que bastante conocidas por los demás, siempre resultan amables.

ALEGRÍA COMUNICATIVA

Poco a poco fueron despi­diéndose hasta que nos queda­mos los "cabales", como se dice
por Andalucía. Aproveché esos momentos de mayor intimidad para hacerles unas bromas sobre los regalos que habían recibido, hasta que desemboqué en la pre­gunta del millón ¿qué te ha regalado tu marido?
En ese instante a ella se le ilu­minó la cara, me enseñó una pulsera que llevaba en el brazo, pero me contestó "esto es bisute­ría, lo que tiene quilates es la carta que me ha escrito".

REALIDAD POSITIVA

Lógicamente me contuve la curiosidad pero observé que, con lo ojos brillantes de alegría comunicativa, consultaba a su marido si podía enseñármela.
Al recibir su asentimiento, no pudo menos que apostillar: hace años esto me hubiera dado una vergüenza horrorosa, pero con los que he cumplido me he vuel­to una fresca; hablando en serio —continuó— te la dejo porque como tú escribes de estas cosas y verás de todo, tampoco pasa nada para que puedas reflejar algo positivo que también forma parte de la realidad.
¿O sea que me autorizas a poderla reproducir? —pregunté con timidez—. Si piensas que puede ayudar a alguien, haz lo que te dé la gana, pues estoy segura de que mantendrás el anonimato.

VERDAD ESCRITA A BORBOTONES

Estos son los antecedentes. Sólo me falta añadir algún dato para que se entienda el contexto de la carta. Llevan treinta y ocho años casados.
Durante el noviazgo, vivieron la mayor parte del tiempo en ciu­dades distintas, mientras el marido estudiaba la carrera. De ahí, precisamente, el sentido de las primeras líneas de la carta.
Este es el texto completo, manuscrito en el original y sin una tachadura. Se adivina que se encuentra escrita a borbotones.

VIENTO DE ESPERANZA

Mi queridísima N. ¿Recuerdas este encabezamiento? Hace ahora cuarenta años que lo escribí por primera vez.
Entonces, con el viento impe­tuoso de una esperanza que se abría. Hoy, desde el sosiego de unas brasas encendidas que no han conocido la ceniza.
Nunca he hecho teatro, pero a estas alturas menos todavía. Siempre has sabido descubrir lo que había dentro de mi corazón.
No hay nadie en la tierra que me conozca mejor que tú. Sólo Dios sabe más que tú, porque conoce lo que yo mismo no veo.
Desde esta sinceridad diáfana, la primera idea que hoy me viene a la cabeza es ésta: agradecer, agradecer, agradecer. La segun­da, un gran misterio: ¿por qué, Señor, por qué? ¿Qué be hecho yo para merecer este regalo? No hay contestación.

TODO UN DESCUBRIMIENTO

El sabor que me queda es de ingratitud. Ni he agradecido a Dios que te baya puesto en mi camino, ni te he agradecido a ti todo lo que me has dado. Torpeza, ceguera... se llama esto. ¿Seré capaz de corresponder alguna vez?
Me enamoré de ti porque me dio la gana: me lo pedía el cuerpo y el alma. O tengo muy mala memoria o no soy consciente de que al hacerlo pesé y medí tus cualidades, ni las posibilidades de hacerme feliz. Lo hice porque sí.
A partir de ahí, todo han sido regalos sorpresa. Cada cosa que me llegaba de tus manos era un descubrimiento que, insisto, no agradecía porque paradójica­mente me resultaba natural que fueras así. Me parecía lo lógico.

LAS ROSAS DEL PASADO

Esto era así. Pasado el tiempo te puse en los primeros lugares, pero hoy mismo, cuando lo hago, siempre antepongo la palabra MÁS, pues la horizontal la doy por supuesta,
No todo han sido rosas en estos cuarenta años. Estoy bien seguro de que te he hecho sufrir mucho. ¡Mucho más de lo que yo me imagino con mi maldito tem­peramento! He sido y soy un ina­guantable, en muchas ocasiones.
No me estoy poniendo humildíco, sólo Dios y tú sabéis lo que te he herido con mis malos modos
y mis asperezas. Yo no soy capaz de captarlo,
A pesar de todo lo anterior y con la misma o mayor firmeza, tengo que asegurarte con toda el alma que, ni en los peores momentos, ni un sólo minuto he dejado de quererte muchísimo (los subrayados son del original).

RESUMEN DEL DÍA

Esta es la auténtica verdad, aunque la fiebre de mi ira superara los cuarenta grados. Perderte hubiera supuesto para mí arrui­nar mi vida.
Hay otro hecho cierto, que antes se tenía por ordinario, pero que hoy existen algunos que dudan que sea posible. Jamás en estos cuarenta años -es decir, incluidos los cuatro de noviazgo- he faltado a mi fidelidad hacia ti. Porque tú llenabas tanto mis aspiraciones, que no había el mínimo hueco para nadie.
¿Ahora qué? ¿Del futuro qué? Pienso que nos queda lo mejor. Sabes bien que todas las noches cuando apagamos la luz para dormir te digo lo mismo: Te quie­ro muchísimo.
No se trata de un somnífero, ni un tic nervioso, ni un acto reflejo. Es una síntesis, un resu­men del día y un propósito para el día siguiente.

APRENDER A QUERERSE

No podemos pararnos a con­templar aquí con satisfacción estos cuarenta años. Es necesario aprender cada día a querernos más y mejor.
Si "en el atardecer nos exami­narán del amor", en la tierra no existe ninguno delante del nues­tro. No podemos contentarnos con estar en la media -sólo faltaría eso-, con lo que Dios nos ha dado.
Tenemos que querernos con locura en lo grande y en lo pequeño; en lo ordinario y en lo extraordinario; con años y con achaques Yo pienso que el Señor nos va a dar todavía muchos años para estar juntos y luego nos llevará juntos, como le pido.
Con mucho cariño te abraza.
Hasta aquí la carta, los comentarios hoy le corresponden al lector.



Antonio Vázquez. Orientador familiar,
especialista en el área de relaciones conyugales
HACER FAMILIA, Noviembre 1998

martes 12 de febrero de 2008

QUERIDAS FAMILIAS:
¡NO TENGÁIS MIEDO A LOS RIESGOS!
(Juan Pablo II)

El amor (...) es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás (...). Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia; un fundamento que es capaz de «soportarlo todo» (Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, n. 14).

Queridas familias: vosotras debéis ser también valientes, dispuestas a dar testimonio de la esperanza que tenéis (cf. 1 Pe 3, 15) (...) ¡No tengáis miedo a los riesgos! ¡La fuerza divina es mucho más potente que vuestras dificultades! Inmensamente más grandes que el mal, que actúa en el mundo, es la eficacia del sacramento de la Reconciliación, llamado acertadamente por los Padres de la Iglesia «segundo Bautismo». Mucho más incisiva que la corrupción presente en el mundo es la energía divina del sacramento de la Confirmación, que hace madurar el bautismo. Incomparablemente más grande es, sobre todo, la fuerza de la Eucaristía (Juan Pablo II, Carta a las familias, 2-II-1994, n. 18).
CONVIVENCIA CONYUGAL


No cabe duda de que Dios quiere –ahora con particular empeño- que los cónyuges, y los que se aproximan al matrimonio, se dispongan y se pongan ya a quererse más. Todos: los que ya se quieren mucho y los que no se quieren tanto. Ninguno puede sentirse ajeno a ese gran movimiento que el Romano Pontífice llama “civilización del amor”. Todos influimos muchísimo en esa sociedad que tanto influye en cada uno de nosotros. Queramos o no, todos estamos inmersos en ese flujo y reflujo que puede y debe ser altamente benéfico. No podemos permitirnos el lujo -¡menudo lujo sería!- de descuidar el amor. Es menester defenderlo, potenciarlo, enriquecerlo sin cansancio y sin descanso, que quien ama de veras –como dice el clásico castellano- ni cansa ni se cansa.


¿SE PUEDE PERDER EL AMOR?

Obviamente sí. Se puede amar intensamente a alguien y dejar de quererle. Se puede llegar a no querer a un apersona que ha sido incluso muy querida, más aún, conyugalmente querida. ¿Cómo es esto posible? Precisamente porque el amor es cosa de la voluntad y el acto más propio de la voluntad es el querer, que es libre: queremos siempre lo que queremos querer. Somos libres porque podemos querer y además querer nuestro propio querer, o no quererlo. No nos cansaremos de repetirlo: somos libres porque podemos querer –en un sentido serio y profundo- lo que queramos. Por eso el matrimonio no se rompe “porque ya no le quiero”. Porque el matrimonio, en rigor, no estriba tanto en el amor, como en el compromiso asumido libremente de amarse, es decir, de querer siempre “quererle” (al cónyuge). Como esto está siempre en poder de la libre voluntad, dejar de querer, cuando uno se ha comprometido de una vez por todas a querer hasta la muerte, es siempre un acto culpable. Justamente en la medida en que somos libres, somos responsables de nuestros quereres y de nuestros no quereres.

Se puede pasar por momentos difíciles, pueden modificarse ciertas cualidades del otro, pueden alterarse de modo imprevisto las circunstancias en las que se desarrolla la vida matrimonial. Pero esto es precisamente el matrimonio: el compromiso de ser fiel al amor (al «otro yo») pase lo que pase. Los sentimientos pueden hallarse perturbados. pero ni el amor ni el matrimonio estriban en sentimientos, sino en el querer.

Amar es querer al otro en su dimensión más personal e íntima, en su calidad de «otro yo», es decir, en cuanto es un yo (persona) distinto y diferente a mí; en cuanto que es él (hombre/mujer, mi marido/mi esposa). En este sentido riguroso, nadie desea la «fusión» con el amado. Uno no quiere «perderse» en el amado como el hindú en el «todo». No deseamos desaparecer y alcanzar la insensibilidad del nirvana, sino vivir intensamente con, en y para la persona amada.

No queremos ir al Cielo a «disolvernos» en Dios, sino a ser nosotros mismos «en Dios», gozando personalmente («yo», no «otro», o «ninguno») de toda la Verdad, la Bondad, la belleza, la Sabiduría y el Amor que es Dios. Ante Dios «cara a cara» se es más «yo» que nunca, porque El nos ha creado precisamente por amor a nuestro «yo» tal como es, es decir, «yo» y no «otro». Y quiere llenarlo no de vacío insensible sino de vida eterna y divina.

Ahora bien, ninguna criatura es Dios. Y esto tan obvio ha de pensarlo el que se casa. El matrimonio no es el Cielo. pero es un camino que lleva al Cielo, si se vive según su naturaleza y más aún si –como sucede en el matrimonio cristiano-, se vive como sacramento. La Carta a las familias de Juan Pablo II, es una espléndida ilustración sobre esta realidad –no utopía- vivida realmente por tantos cristianos que desbordan toda estadística.
Para que la vida matrimonial sea un caminar hacia el Cielo –y por ello un cierto anticipo de la bienaventuranza eterna-, es preciso cuidarlo, digamos más bien «mimarlo». ¿Quién no recuerda la canción «el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide...»? Si no se cuida el amor, si no se quiere querer, el amor se pierde. No se rompe el matrimonio, porque lo ha hecho Dios y lo ha hecho irrompible, pero sí que el amor se esfuma. Ahora bien, cuando –lejos del egoísmo-, se quiere querer, entonces se quiere con obras son amores de entrega personal y espíritu de sacrificio. Esas obras, esa entrega, ese espíritu de sacrificio es menester ponerlo, ante todo, en la convivencia cotidiana; más aún que en el trabajo y en las relaciones sociales.
Para que nos ilustre este punto desde su experiencia de estudioso de la materia, de psiquiatra y profesor de Psicopatología de la Universidad Complutense, acudimos hoy a JAVIER DE LAS HERAS, a quien pertenecen las siguientes observaciones.

CÓMO CONSEGUIR UN BUEN NIVEL DE COMUNICACIÓN


Para una convivencia feliz, es necesaria una comunicación suficiente y adecuada (de alegrías y penas, inquietudes y sosiegos, afanes y problemas). De lo contrario, toda relación conyugal resulta frustrante. Una buena comunicación sirve para ir conociendo mejor al otro y dejarse conocer por él. se trata de compartir sentimientos, inquietudes, decisiones, aumentar la confianza mutua, y lograr comprenderse cada día mejor.

PARA CONOCER, ESCUCHAR

La convivencia requiere mantener una actividad dialogante y de respeto a las opiniones del otro, evitar trampas o abusos dialécticos (Es preciso saber escuchar incluso el silencio).

CONVERSAR

Conversar es hablar alternativamente dos o más personas, no una sola. Cada uno ha de participar en la conversación de tal modo que resulte gratificante para ambos. Cuando hablar se convierte en fuente de tensiones, se tiende a rehuir la conversación, limitándose a hablar solamente lo imprescindible, que casi siempre coincide con lo más enojoso.
Es cierto que resulta necesario abordar de vez en cuando temas espinosos o difíciles, pero estos solamente deben ocupar una pequeña parte del tiempo disponible para la comunicación.

PARTICIPAR, NO MONOPOLIZAR

Participar en la conversación significa intervenir activamente, no monopolizar. Hay que evitar los monólogos, y respetar la opinión del otro, aunque tenga menos conocimientos sobre la cuestión concreta de que se trate.
No se debe llevar la contraria, por el mero hecho de llevarla. Es preferible evitar discusiones innecesarias.

EL DON DE LA OPORTUNIDAD

La capacidad para ser oportuno facilita enormemente la posibilidad de crear y conservar una buena relación. Hay un momento oportuno para cada cosa. Se intuye, o se pregunta. No es oportuno, por ejemplo, sacar a relucir, nada más ver al otro, los problemas nuevos o pendientes de solución. De este modo fácilmente se asocia directamente esa persona a una fuente de displacer, y se puede crear la tendencia a evitarla, incluso inconscientemente.
La conversación habitual debe incluir cuestiones de actualidad, curiosidades y anécdotas divertidas.

HUIR DE LA DISCUSIÓN

Evitar las discusiones innecesarias, sin objeto ni finalidad. Las descalificaciones y críticas repetitivas sólo sirven para irritar o humillar al otro y favorecen actitudes de rencor o resentimiento.



GRANDES ENEMIGOS DEL MATRIMONIO

A) EL ABURRIMIENTO

La rutina, la excesiva monotonía, poco a poco pueden ir asfixiando el cariño.

Terapia: Desarrollar la imaginación para encontrar novedades, para improvisar salidas nuevas, actividades distintas. Compartir el tiempo de ocio, encontrar fácilmente motivos para hacer una celebración, un viaje íntimo o con amigos; para tirar un día la casa por la ventana o para hacer algo especial de vez en cuando.

B) LAS COMPARACIONES

Particularmente odiosas en el matrimonio. Las comparaciones entre uno y otro, sólo pueden servir para crear defensas y justificaciones psicológicas, que terminan en reproches o descalificaciones.

C) EL RENCOR

Destruye a quien lo posee, le amarga la vida y, naturalmente, frustra su matrimonio.

Terapia: Saber perdonar, evitando actitudes rencorosas o vengativas. Tener suficientes ratos de intimidad, evitando también el aislamiento excesivo.

D) LA AGRESIVIDAD

He visto muchos casos en los que unas palabras dichas en un momento de enfado, que desde luego no se correspondían con los sentimientos auténticos de quien los pronunciaba, quedaban grabadas profundamente en la memoria del otro, impidiendo que todo volviese a ser como antes, a pesar de una auténtica voluntad de olvido y perdón. Muchos matrimonios fracasan por esto. Tanto más, cuanto se suele reaccionar ante la agresividad con más agresividad, es preferible no hacer mucho caso y dejar que el tiempo pase, para después advertirle de que su comportamiento era inaceptable y debe procurar evitar que se repita en el futuro. Si, por el contrario, se reacciona ante la agresividad con más agresividad, o cual es muy común, se provoca en el otro una agresividad aún mayor, cerrándose un círculo vicioso en el que la agresividad alcanza, por ambas partes, cotas altas y desproporcionadas. La situación se agrava aún más si se aprovechan esos momentos de tensión para reprocharse mutuamente toda una retahíla de errores, fallos, defectos o agravios del pasado. Estas situaciones erosionan profundamente la relación conyugal.


GRANDES AMIGOS DEL MATRIMONIO

A) PERDONAR

Si en tantos momentos de la vida es necesario saber perdonar, lo es especialmente en el matrimonio: y, sin embargo, aquí el perdón puede ser más difícil. Algunas personas parecen capaces de perdonar a todo el mundo, excepto a su mujer o marido, sin darse cuenta de que conducen su matrimonio y a ellos mismos, a un callejón sin salida. Hay que procurar ser lo más generoso posible con el otro, en todos los aspectos. Los comportamientos miserables en el terreno material o afectivo, matan el amor.

B) LA GENEROSIDAD

Ser generoso con el otro, evitando posiciones individualistas o autoritarias. Las posturas individualistas, rígidas, autoritarias, son incompatibles con el deseo de colaboración, de decidir y hacer entre los dos, de compartir todo con generosidad a lo largo de la vida. Llevar la competitividad de la sociedad actual al matrimonio, es atacar su unidad, es decir, asestarle un golpe de muerte.

C) MANIFESTACIONES DE AFECTO

También es necesario continuar suficientes muestras de afecto con gestos, palabras y pequeñas cosas, buscando tener suficientes ratos de intimidad donde continuar cultivando el cariño.

D) SALIR JUNTOS

Aunque el excesivo aislamiento es perjudicial y conviene mantener y aumentar el círculo de amigos, es también bueno salir o hacer un viaje los dos solos de vez en cuando, aprovechando esos momentos para continuar esa tarea que ha de recomenzarse cada día: la «conquista» del otro.

E) EL BUEN ASPECTO Y LAS BUENAS FORMAS

Es importante el aseo personal, la presentación en todo momento, la delicadeza en el trato. Que el respeto al otro se manifieste siempre en las formas que lo expresan.

F) LAS ILUSIONES

Mantener las ilusiones antiguas dando paso a otras nuevas, siempre compartidas. Normalmente, los hijos serán una fuente inagotable de ilusiones.



JAVIER DE LAS HERAS
Profesor de Psicopatología
de la Universidad Complutense

viernes 7 de diciembre de 2007

La naturaleza nos habla de Dios





Realmente la naturaleza con su fuerza, su grandeza, su perfección y su serenidad, nos habla de un Dios personal, que entra en diálogo de manera super-delicada con los hombres.




sábado 28 de septiembre de 2002

NO TE CANSES DE PENSAR EN LOS DEMÁS! ¿VALE?

Hace ya algún tiempo, de madrugada, cuando todo se oye gracias a la quietud de la ciudad, escuché con curiosidad una historia que la protagonista, una médico radióloga del Hospital que tengo en frente de mi habitación, relataba a su compañera de servicio....
A propósito, ¿te acuerdas del disgusto que me llevé el día que rompí la pulsera de mi madre al engancharla en aquel saliente de la máquina de Rayos?
¡Cómo no lo voy a recordar! ¡Menuda cara pusiste! Además, si no recuerdo mal te recomendé un sitio para arreglarla. Una tiendecilla que hay en el pasaje de la muralla, junto a la Puerta del Agua. ¿Pudiste ir? Porque te aseguro que si el dueño de ese taller de joyería no puede hacerlo, aquí nadie será capaz de arreglar esos enganches tan historiados...
Deja que te cuente...
Siguiendo tus instrucciones, hace ya tres o cuatro días, me dirigí a esa joyería antes de que abriese sus puertas al público para ser la primera en ser atendida. A las 8,20 estaba en la puerta. Pasados, más o menos, cinco minutos llegó tu artesano. Abrió la tienda. Le dejé que se instalase y...


▲▲▲▲▲▲▲


Al oír el timbre el dueño del pequeño establecimiento pulsó un botón y se abrió la puerta. Con un aspecto amable y sonriente se dirigió a mí, con el tan popular: ¡Usted dirá!
Apoyando el bolso sobre el mostrador saqué el estuche que ofrecí al dueño del taller.
Éste examinó de cerca los enganches rotos. Al cabo de un breve silencio, con el orgullo propio de quien sabe que puede ofrecer su habilidad y destreza a quien se encuentra en un apuro, dijo: “Si quiere puedo hacerlo ahora mismo. Tardaré más o menos una hora”.
Impresionada por el gentil ofrecimiento, acepté de inmediato y quedé en volver después de un rato que aprovecharía para hacer una gestión.
Al salir del establecimiento, descubrí la cafetería que había al lado y decidí aprovechar para desayunar. Pero cuando iba a tomarme el café reparé —por lo temprano de la hora— en que quizás tu joyero no habría tenido tiempo de tomar nada aún. He hice lo que le parecía normal.
Obtenido el oportuno beneplácito del camarero para llevarme unos desayunos a la joyería de al lado, pedí otro café, otro dulce y una bandeja, pagué, y sin más me planté en el pequeño establecimiento con mi nuevo cargamento.

Sin decir ni una palabra, respetando con mi silencio el trabajo del artista, dejé delante de él una taza de café y un plato con un dulce. Luego comencé a tomarme mi ración evitando hacer ruidos, y con ese talante, que hace creer a los demás que pueden estar tranquilos, porque disponemos de todo el tiempo del mundo.
El joyero aceptó mi ofrecimiento dejando escapar por encima de sus lentes de aumento una breve mirada de agradecimiento. Pero mantuvo su silencio. Al rato, mientras algo se calentaba, se tomó el dulce y bebió un poco de café. En silencio siguió con su metódico y minucioso trabajo. No hacían falta palabras. Noté que entre los dos se había establecido una sintonía perfecta. Ya sabes, eso que la gente de hoy llama ‘química’.
A la hora prevista, tu artesano se levantó con la pulsera arreglada en la mano y la depositó delante de mí.
Me quedé con la boca abierta. No acertaba a distinguir cuáles eran los enganches reparados. ¡Todos parecían iguales!
Mientras, el dueño del establecimiento terminó de tomarse el café...

Por fin se rompió el silencio. Y, con ese nerviosismo propio de quien no sabe si tendrá lo bastante para pagar, le dije: “Realmente ha hecho una obra de arte, ¿cuánto le debo?”
Pero tu joyero respondió: “Nada”. Esto me produjo un tan agradable asombro que no me dejó articular palabra. Situación que aprovechó nuestro joyero para explicarse un poco.
“Mire no tiene por qué asombrarse de que le haya dicho que no me debe nada. Soy yo el que está en deuda con usted. Lo que ha hecho conmigo esta mañana no tiene precio. Desde que murió mi mujer hace veinte años, es la primera vez que alguien se preocupa por mí. Cuando le vi llegar con el café y el dulce, me hizo recordar a mi esposa y me ayudó a resolver un problema que tenía pendiente. No tengo hijas, y mis nietas no tienen tiempo para preocuparse de su abuelo. El caso es que no sabía que hacer con la pulsera que le regalé a mi mujer en nuestras bodas de plata”.
Entonces se agachó, abrió un armario de seguridad, sacó un precioso estuche y me enseñó la pulsera. La verdad es que no pude evitar mostrar mi sorpresa ante tanta belleza...

Pero decidida a no dejarme enredar le dije enseguida: “Debe ser muy valiosa y aunque me gustaría ayudarle a resolver su problema, tiene que saber que no dispongo de dinero para podérsela comprar”.
“No se preocupe” —dijo nuestro joyero, que siguió con su discurso: “Mi problema no es el dinero. Como usted comprenderá esta joya no tiene precio, y además yo no se la quiero vender. Hoy he decidido, si no se ofende, y sin ningún tipo de compromiso para usted, que se la debo dar a Usted”.
Pero yo, seguro que tu habrías hecho lo mismo, me defendí diciendo: “¡Pero si yo no he hecho nada. Sólo le he traído un dulce y un vaso de café!”
“Está bien” me dijo. Y añadió: “Entonces se la regalo con un compromiso. ¡No se canse nunca de pensar en los demás! ¿Vale?”


▼▼▼▼▼▼▼


Entonces, la compañera de nuestra protagonista dijo con curiosidad: “¿La tienes todavía en tu bolso? ¿Me la dejas ver?”.

Desde mi ventana, evidentemente, no pude contemplar aquella obra de arte. Pero me parece que nuestro joyero tenía razón, y que todas las joyas del mundo no alcanzan a pagar el bien que hacemos cuando pensamos en los demás.
¡Cómo cambiaría el mundo si fuésemos lo suficientemente valientes para ser fieles a los dictados de ese corazón de oro que todos llevamos dentro, y que tantas veces no queremos escuchar!


Madrid, 6 de junio de 2002


Puede enviar sus comentarios al autor del relato

Ángel Pascual Anaya

jueves 6 de junio de 2002

¿Y A TI QUIÉN TE ARROPA?

A veces uno se encuentra con padres tan volcados en sus hijos que se olvidan de ellos mismos. Y aunque eso realmente es encomiable, a pesar de todo hay que saber poner unos límites. Límites que no deben ser sin más, expresión de una cuquería, que nos recuerda algo propio del egoísmo, sino la expresión de una realidad: somos criaturas con limitaciones, y necesitamos descansar de las batallas habituales para luego ser capaces de entregarnos poniendo en el quehacer diario toda nuestra capacidad de sacrificio.
Pues bien, una amiga a la que le di el consejo de que debía organizarse para poder salir de paseo con su marido al menos una vez al mes —por supuesto no en día fijo—, me contó la siguiente anécdota familiar.


▲▲▲▲▲▲▲


Siguiendo tus consejos hablé con mi marido y salimos al cine el jueves pasado. Aunque no tengo quejas del comportamiento de mis hijos, ya sabes que el mayor tiene 11 y la niña acaba de cumplir los 7, para dejarles entretenidos les conseguí una película que deseaban ver y les dije que a las once debían acostarse.
Al día siguiente se me acercó la pequeña y me dijo: “¿Mamá quieres que te cuente lo que pasó anoche?”. En un principio me preocupé... Y tuve que reconocer que, como al llegar les encontramos dormidos y todo en orden, esa mañana me había olvidado de preguntarles qué tal lo habían pasado. Así que sin más le dije: “Sí cielo, ¡cuéntaselo todo a mamá!” Y sin más me contó esto:
Pues mira, mi hermano no vio la película. Se pasó todo el rato mirando el reloj. Y a las once me dijo: “Son las once, es la hora de acostarse”. Y sin más, apagó el televisor y el vídeo y no pude ver el final.
Yo me fui a mi habitación, y como le vi detrás de mí le pregunté: “¿Qué quieres?” Y él me dijo: “Como soy el mayor se supone que tengo que ayudarte a acostarte”. Así que le dejé hacer.
Cuando ya estaba en la cama, se acercó a mí y me arropó y me dio un beso en la frente como haces tú. Y entonces yo le dije: “¿Puedo decirte una cosa?” Como me dijo que sí, yo le dije: “¿Sabes una cosa que no me gusta de los que mandáis?”. Él me dijo: ¿Qué?” Y yo le dije: “¿Y a ti quién te arropa?” Y se encogió de hombros, y luego me dijo que nadie porque era el mayor...

▲▲▲▲▲▲▲


Lo primero que me vino a la cabeza es que los niños son también unos grandes maestros y a mi amiga le dije: ¡Cuánto tenemos que aprender de los niños! ¿Verdad?
Luego en silencio he meditado muchas veces este pequeño relato... Y he pensado en Juan Pablo II, y en tantas personas que me han ayudado tanto por haber sido valientes para mandarme, prohibirme, gobernarme, corregirme, quererme... En un primer plano estarían mis padres. Luego todas aquellas personas que les ayudaron en mi formación: abuelos, padrinos de bautismo, tíos, primos que hicieron de hermanos mayores, vecinas que nos cuidaron de pequeños... Luego los que me trasmitieron la fe: catequistas, sacerdotes... los sucesores de los Apóstoles: los Obispos... los sucesores de San Pedro: El Romano Pontífice... Los que me enseñaron a escribir, a leer, etc, maestros, profesores... Los que recibieron el encargo de dirigirme, protegerme, gobernarme: desde el Alcalde, la autoridad más cercana a nosotros, hasta la máxima Autoridad de cada país.
Siempre concluí que tenía que decidirme a hacer algo por ellos, al menos debía arroparles con mi agradecimiento a su delicada manera de transmitirme su vida.
A algunos les he podido transmitir mi agradecimiento personalmente, pero ¿Cómo llegar a todos, incluso a los que no conozco? Y hace unos días decidí que al menos un modo de corresponder era poner esto por escrito:


¡GRACIAS A TODOS LOS QUE ME HABÉIS ARROPADO!


Madrid, 6 de junio de 2002


Puede enviar sus comentarios al autor del relato Ángel Pascual Anaya

jueves 30 de mayo de 2002


ES MEJOR PENSAR QUE ENFADARSE. LEE ESTO Y DECIDE...

Érase un ciego que escondió cierta cantidad de dinero al pie de un árbol, en un campo propiedad de un rico labrador. Volvió poco después a cerciorarse de que lo tenía allí y encontró el hueco vacío.
Fingiendo un encuentro casual, el ciego dijo al rico:
-¿Sabe, amigo? Tengo cierta cantidad de dinero escondida en un lugar seguro. Ahora acabo de reunir otra cantidad igual y querría saber si debo esconderla con la primera o en sitio distinto
-Si tan seguro es ese primer lugar -respondió el rico labrador-, sería lo más cuerdo que depositarais en él todo vuestro dinero.
Apenas se hubieron despedido, el labrador corrió a devolver el dinero al lugar, pensando apoderarse de todo; llegó el ciego y recuperó lo que era suyo.


Yanguas de Eresma, jueves, 30 de mayo de 2002


Por cortesía de JUAN DE DIOS

jueves 17 de enero de 2002

HAY QUE APROVECHAR LAS DIFICULTADES

Se cuenta de cierto campesino que tenia una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.
El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y los convocó para que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.
Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente. A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos. ¡ELLA DEBIA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA!
Esto hizo la mula palazo tras palazo. ¡¡SACUDETE Y SUBE!! ¡Sacúdete y sube! ¡¡Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma. No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO.

A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso los alentó a continuar echando paladas de tierra. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad. ¡ASI ES LA VIDA!

Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!

Moraleja: "En la vida nunca bajes los brazos, porque el hombre mas grande del mundo murió con los brazos en alto"...

Recibido de un amigo de Mexico
AMAR NO ES UN SENTIMIENTO

Un hombre fue a visitar a un psicólogo y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. El psicólogo lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: ámela. Pero es que ya no siento nada por ella. ¡Ámela!, volvió a decir. Y ante el desconcierto del señor, después de un oportuno silencio, dijo lo siguiente: Amar es una decisión, no un sentimiento; amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. El amor es un ejercicio de jardinería: arranque lo que hace daño, prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide. Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvia, mas no por eso abandone su jardín. Ame a su pareja, es decir, acéptela, valórela, respétela, déle afecto y ternura, admírela y compréndala. Eso es todo, ámela.

Por gentileza de Presen

martes 21 de agosto de 2001

¡POR LOS PELOS! PERO VICTORIA

La historia se repite, pero el amor de Dios puede más que todas nuestras miserias, y siempre hay alguien dispuesto a ser instrumento de su Misericordia para hacernos llegar Su ayuda. Prueba de ello es el siguiente relato, que basado en un hecho real, trascribo con el beneplácito de la protagonista, una amiga mía europea. Ella, al enterarse de que también en España habían aprobado la comercialización de la píldora del día después, pensó que su historia nos podría ayudar:

Quiero relatar hoy una pincelada de mi vida. Sólo busco una cosa: llegar al corazón de alguien que, como yo un día, se sienta ahora angustiada ante esta tremenda disyuntiva: El desordenado afán de quedar bien, el miedo a perder la fama, la afición a decir mentiras. En definitiva, el cinismo y la hipocresía, frente a conciencia, sencillez, humildad, responsabilidad, respeto a la vida y respeto a la verdad.
Cuando alguien se decide a escribir —al menos así lo pienso yo— es porque algo bueno tiene que contar. Porque al hacerlo piensa que ese retazo de su vida, ese algo tan suyo, puede ayudar a los demás. Lo que yo voy a escribir no es algo fantástico, no, no lo es. Es una parte de mi vida que fue vulgar, pero que pudo ser algo peor de no haber intervenido la gracia que Dios, infinitamente bueno, derramó sobre mí, sin yo nunca pensar en merecerlo.
Quiero también así poder agradecer al Señor, de alguna manera, lo que hizo por mí y continúa haciendo... Deseo reparar el daño que hice y darle las gracias por haberme frenado a tiempo.
Tengo 31 años, recién cumplidos, trabajo en una empresa de construcción como delineante, soy soltera y tengo una hija de seis meses. Nací en una familia católica, de las de verdad. Desde pequeña aprendí, porque me lo enseñaron, todo el profundo sentido de la religión llevada a la vida cotidiana: el estudio, el trabajo, las amistades, la familia... Me enseñaron a valorar el tiempo, a rezar...
Desde que conocí el sentido de la palabra lucha, para un católico consciente, conocí paralelamente la palabra derrota. Aunque mi afán de quedar bien, mi ansia de ser valorada, me impedía aceptar la derrota. Así que, enseguida emprendí el vertiginoso camino de la trampa y de la mentira. Y me aficioné a escapar en el último minuto, y siempre "por los pelos", de las situaciones comprometidas, en las que yo solita me metía.
Era muy perezosa —para lo que me aburría—, con una imaginación y unos sentidos sueltos y con una sensibilidad muy acusada. Buscaba una sensación de plenitud que no encontraba donde la buscaba. El resultado era deprimente: sensación de continuo fracaso, de ridículo, de derrota. Sensación que se acentuaba en la medida que ponía más pasión en conseguir lo que más me apetecía: mi propia estima.

En el colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si te haces la simpática, y no armas demasiados líos, lo único que queda son las notas. Y yo las tenía bastante buenas. No pienso que sea dueña de unas dotes deslumbrantes, pero sí que tengo la cualidad de saber sacarle partido a lo que tengo. Estudiaba mucho, pero sin orden ni constancia. Lo mío era el último momento, el "por los pelos", y el haber comprendido a tiempo que en muchas ocasiones puedes vivir de las rentas de haber sido bien etiquetada.
Soñaba con ser la mejor arquitecto del mundo pero, cuando empecé la carrera, no dedicaba ni dos horas diarias al estudio. Gastaba el tiempo en dar rienda suelta a mi gran imaginación, que me exigía dibujar casas exóticas para famosos. Así que, después de aburrirme yo y luego mis padres con mis cosechas de calabazas, me conformé con hacer un curso por correspondencia de delineante. Estos cursos tenían la ventaja para mí de funcionar a mi aire, lo que me encantaba; pues me hacía sentirme más libre. Aunque había que entregar trabajos, poco a poco, y casi siempre "por los pelos", fui superando las pruebas. Con lo que me convertí en una flamante profesional.
Con estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando, blando. Me disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la práctica, pero eso de la teoría... », y así me fue. Porque ahora comprendo, ahora veo muy claro lo difícil que resulta lograr una buena práctica sin el fundamento de una excelente teoría.
Pues bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo peor, era tibia. Ni sí, ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba con los amigos y me lo estaba pasando muy bien con los piropos de fulanito, y ya eran las ocho... y era la última Misa..., al principio sin previo aviso, salía corriendo y llegaba "por los pelos", pero había cumplido..., luego —como eso no era vida—, la satisfacción del deber cumplido empezó a cansarme... y comencé a pensar de otro modo: la verdad, ¡por un domingo sin Misa!... Y aquella otra vez con otro amigo... sólo fue un beso... total...
Mi vida era siempre una huida hacia delante. Todo se resolvía en que no me pillen, en tener siempre preparada una buena coartada. Si un día tenía un buen motivo, otro día era otra razón; siempre las había.
La cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser estimada, llamar la atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las del montón. Me espantaba convertirme en una marujona cargada de niños y siempre sumisa a su maridito, con el único consuelo de ir diciendo por ahí que "en mi casa mando yo". Lo de pasar oculta, seguro que no se había escrito por mí. Si no podía ser una gran mujer, terminaría siendo... Sí, sentía orgullo de ser apetecida y poder acostarme con quien me diera la gana, como si por eso fuera más mujer, con más puntos que las demás y fuera más cotizada, más admirada.

Aunque creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no dejaban huella en mi corazón, un día me enamoré... Yo sabía que aquel hombre no me convenía. Y como ya tenía «motu proprio» mis malas inclinaciones, aquello fue como atarme una gran bola de hierro a la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante de aventuras, la soberbia, se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte de magia, mi nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más valía estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me tapó los ojos y quedé ciega.
Estaba convencida de que en mi familia nadie me podría comprender; eran de otra época. Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió en la persona valiente y coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel de hipócritas y cobardes. ¡Qué sabían ellos de mi vida!, ni remotamente se lo imaginaban.
Nada contaba para mí. Cuando se empieza a rodar cuesta abajo, es dificilísimo parar. Ya, ni se ve, ni se oye, ni se entiende absolutamente nada que no sea otra cosa que el yo: lo que yo quiero, lo que yo no quiero, mi vida es sólo mía...
En mi familia no faltaban los problemas (y por cierto que los había, y los hay), pero ¡a mi qué me importaban! Yo hacía lo que me daba la gana, ¿por qué esos problemas tenían que estropear mis planes, mis diversiones? Siempre les contestaba: ¿por qué no me dejáis en paz? Ya es hora de que disfrute de la vida, y no pienso amargarme la vida porque en casa haya problemas, ¡faltaría más!
Como tenía independencia económica estaba plenamente convencida de que no debía nada a nadie; a ver, ¿a quién?
A pesar de ser experta en todo tipo de trampas, la pasión y la curiosidad me hicieron cometer un gravísimo error. Yo, que era tan crítica con mi familia, me había convertido en una crédula. A pesar de que tanta gente empezó a rasgarse las vestiduras con la comercialización de "la píldora del día después", a mí el invento me cautivó. Lo vi super seguro. Como mis pasiones me habían convertido en una miedosa, pensé que era mi solución...
Una cita con él me cogió sin recursos. Me tranquilicé al recordar que, si había lío, siempre me quedaba la opción de la nueva píldora, que podría adquirir sin dificultad en una farmacia, pues tenía contactos y me había conseguido varias recetas, que siempre llevaba conmigo... Cuando desperté, él se había marchado al trabajo. Con horror descubrí que había cambiado de bolso y que no tenía allí las recetas. Me arreglé, desayuné y pedí un taxi. Ya en casa, con los nervios a flor de piel, empecé a buscar las recetas, pero no di con ellas. Pensé en las horas que me quedaban. Decidí serenarme. Me fui al trabajo y "por los pelos", aunque tarde, llegué antes que mi jefe. El ahorrarme una nueva bronca me animó. Pensé que tenía encarrilada la situación.

Me inventé una excusa para salir a la calle y fui a buscarle a su trabajo. Cuando por fin le tuve delante, el miedo y los nervios me atragantaban las palabras... Él le quitó importancia a todo. Me dijo que le esperase un momento, que tenía a mano un amigo que podría ayudarnos. A los veinte minutos apareció con una nueva receta. Miré el reloj. ¡Las nueve de la noche! Sin despedirme, salí corriendo en busca de una farmacia. Al mostrar la receta y al ver mis nervios me atendieron sin hacer preguntas. Aunque me fastidió interpretar en el gesto del mancebo un cierto rictus de lástima hacia mí. Mientras salía de nuevo corriendo hacia casa se me escapó un ¡Malditos! Mientras pensaba: siempre aprovechándose de las pobres e indefensas mujeres.
Tomé la píldora... Y leí el prospecto tantas veces que me lo aprendí de memoria. No quería cometer ningún error fatal y quedar a los ojos de los demás, sobre todo de las demás, como una tonta.
Aunque lo hice todo bien, el caso es que me tocó la excepción y quedé embarazada, ¡¡yo!!, a los 29 años y sin ninguna posibilidad de rehacer mi vida con él. Él me aconsejó abortar. Sí, eso era lo más fácil, eso era lo que debía hacer. Pero no sólo él; también otras personas, que entonces consideraba amigas, me animaron a dar ese paso. Para convencerme, para que no «sufriera», me hablaban de la perfección de la técnica.
«Tu familia es muy conocida, muy considerada aquí; no puedes darles ese disgusto», me decían. Y continuaban: «Debes evitar el escándalo porque se te tiene por una "buena niña". ¿Te das cuenta de que la vas a montar?». Cuando todo acabe, te alegrarás, total, nadie se entera, es cosa de poco y se acabó.
Intuí que alguien debía seguir rezando por mí, no sé con qué fundamento ni esperanza de lograr mi conversión. Al pensarlo, primero me sentí ofendida; luego, avergonzada de mi desnudez. Era como si alguien me conociese mejor que yo a mí misma y, que, sin haberme pedido permiso, se hubiera metido en mi vida. El caso es que, gracias a esa persona, el Señor me agarró fuerte de la mano. Aquella criatura, que ya estaba en mí, empezó a hacerme feliz desde sus primeros días de vida.
Repuesta del susto, por fin, me decidí a contactar con una amiga, una verdadera amiga que me aconsejó bien. No, yo no podía, no quería matar, no mataría, no.
Decidí hablar con el sacerdote que conocí durante el curso de acceso a la Universidad. Aunque era demasiado duro a veces, el recuerdo de su claridad me atraían. Además al recordar, no sé por qué, cómo tantas veces nos había sorprendido con su inocencia y su ternura, resolví que era el único hombre que conocía distinto a los demás. El único que me podía ayudar. Pregunté por él a mi amiga. Me dijo que le habían trasladado... Pero como, entre mis talentos está la tozudez... Y una vez decidida a una cosa, no había quien me venciese fácilmente... El caso es que di con él.

La verdad es que la cosa empezó mal. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que recibirme preguntándome por qué había tardado tanto en volver... Después de lo que me costó encontrarlo, no tenía fuerzas para pelearme; además había decidido cambiar de táctica e intentar abandonar mi orgullo. Tras un minuto de silencio, que a mí se me hizo eterno y que mi sacerdote sufrió sin más, le respondí que había tardado tanto porque el orgullo es muy mal compañero de viaje. Una vez superado el primer momento, todo fue más fácil. También gracias a él, lo reconozco. Puse mi alma en paz y le pedí a Dios la fortaleza que a mí me faltaba para hablar con mis padres y contarles la verdad.
Así lo hice. Sufrí, sufrí mucho. Mentiría si dijese que todo fue un milagroso valle de rosas. Lloré, lloré muchos días y muchas noches, pero puedo asegurar que mis lágrimas no eran amargas porque eran lágrimas de arrepentimiento. ¡Perdón!, ¡perdón, Dios mío! Por cada minuto, por cada segundo de mi vida pasada; de todo corazón, ¡perdón, Señor!
Y nació mi hija, y al bautizarla le llamé VICTORIA. Hoy Mariví es lo mejor del mundo que puede haberme dado Dios. Mis padres están «dichosos» con la nieta. Mis tres hermanos varones, más si cabe; y mi hermana monja, que la conoce por foto, ¡cómo la quiere! Quizá más que nadie, por ser la de la familia que está más cerca de Dios. Y yo... no sé cómo expresar lo que ahora siento. ¡Dios mío si llego a matarla! Mariví se salvó "por los pelos", y "por los pelos" mi aparente gran fracaso se convirtió en mi mayor VICTORIA.

Sin comentarios, pero contenta, muy contenta, con la victoria de mi amiga...

Por gentileza de Presen